CULTURA

Ensayo
Abolición de los caminos


Somos seres esféricos, quizás marcados por la forma de los primeros refugios, el sitio donde los caminos ¿terminan o comienzan? Rodamos constantemente, nos mueven fuerzas que no comprendemos, ¿de dónde provienen, cuál sendero las conduce hasta nosotros?

Siempre estamos entrando a una puerta, con ello nos convencemos que algo termina. No nos perderemos para siempre, devendremos substancias, romperemos los metales, sofocaremos las nubes. Rodamos en los partos de los ríos, lo que fermenta en la fecundidad de los pantanos. Somos seres esféricos.
Sólo conocemos los torbellinos, la aguja que da vueltas y se hunde, el ave que se rompe y se hunde, una pena dentro de la máscara, un amor que grita al salir del pecho y caer en la memoria. Rodamos constantemente.

Los caminos no existen, pero nos ilusionan con un regreso. Sólo Zaratustra prosigue con un cadáver en los hombros buscando a los hombres. A quién buscamos nosotros por los caminos circulares de los zamuros, por qué estamos seguros que el aire es una ruta después de la miseria. No nos perderemos para siempre.

Aún suponiendo que los caminos existieran, ellos sólo servirían para irse, esa sería su única dirección y ya esta condición desdibuja su fisonomía de camino y lo convierte en una excusa para vivir. Si fuésemos flechas lanzadas hasta dar con su objetivo, y este objeto fuese un objeto y no un simulacro, si la oscuridad no fuese una experiencia del alma, yo tendría fe en los caminos, en sus torceduras luminosas, en el llamado de sus promesas, siempre abiertas, envejeciendo en el desamparo. ¿Siempre estamos abriendo una puerta?

Los caminos se amarran a los pies y no se extienden hacia adelante. Sé que el mar es la mañana y la noche, la única distancia que se mueve sobre y dentro de nosotros, por eso puedo decir, en compañía de Antonio Machado, que todos los caminos son estelas. Las palabras y los recuerdos semejan espumas que mueren en el mismo instante que nacen. Los caminos abren un surco movedizo debajo de los pies, la huella es lo que avanza, nos teje y la tejemos, queremos ser uno con el camino, sentirles el flujo de corazón que nos aconseja Castañeda. Lo bordeamos, creemos en su movimiento domesticado.

Quizás sea necesario creer que caminamos y hay un lugar que nos espera. Quizás sea necesario elegir un camino y ejercer sobre él el ritual de nuestra ficción: movernos hacia una meta. ¿Acaso la historia no es una calle ciega, transitada por seres que creen en lugares que no son históricos? La posibilidad de ver con claridad el pasado nos haría desechar la creencia en la esperanza, y la esperanza es la enfermedad de todos los caminos, todos morimos exiliados de ella, y al mismo tiempo, es lo que nos distingue de otros fantasmas. Somos seres esféricos. La trama de la existencia es redonda y continua; un acto de circo que se desplaza por las ciudades y pasan y pasan siempre por otros ojos que viven el mismo drama, se rompen y se hunden.

Lo que no existe nos distrae. Lo que no existe estira el tiempo y con él nos vamos, las palabras nos regalan una cura ilusoria, la trama de la existencia es redonda y lenta como un sembradío, una parra pesada de hambre ajena, sólo Zaratustra prosigue.

Los árboles grafican los caminos, los otros, los que no pueden ser abolidos, los verdaderos caminos dan vueltas sobre sí mismos y se dirigen hacia dentro del caminante. ¿Una movilidad inmóvil? Nosotros también damos vueltas sobre los días vividos, sobre los cuerpos que abandonamos con el paso de los días, esos días-velas de Cavafy, quien veía por la ventana de su andar un camino de cenizas, de velas apagadas. Los verdaderos caminos son estelas.

29/11/2011

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