CULTURA

Arnaldo Jiménez
Carta a una carta


Carta, cuántas guerras te han construido, cuántos abrazos se han soltado desde ti para ir en busca del cuerpo desolado, del dolor distante, de la boca que sonría.

Si uno se detuviera en un gran almacén de ropas, si uno caminara por sus pasillos y desenredara sus telares, sus adornos y entendiera cómo el cuerpo es envuelto por capas que no le pertenecen hasta desconocerse en sus propias emociones. Si termináramos de recorrer los pasos que nos preceden, y borráramos el sonido que se superpone sobre la tierra y los asfaltos y se cortara todo el amarillo de los polvos lejanos, toda la niebla al final de los caminos y no quedara bruma transitando los veleros; si uno lograra hacer eso, sólo estaría conociendo una ínfima parte de tu extensión; carta, puente de letras.

Abrir una carta es tropezarse con zaguanes curtidos de manchas de cigarros. Instantes que aún siguen enganchados en la voluntad de no querer separarse de los seres amados. Ojos como lámparas, como velas insomnes que sueltan desde sus retratos el desfile de las palabras, las carrozas de los signos. En ellas soplan los mares, todos los mares, habitan arenas llenas de huellas, de cazas, de huidas. Se puede sentir la mudez de las sillas, los momentos hilvanados por el hilo del desencuentro.

Hoy sin embargo, quiero compadecer tu destino. Me quiero adelantar a tu desaparición definitiva y regalarte unas palabras antes de que sea demasiado tarde. Tú que siempre has sido un animal de carga. Es imposible que pueda superarse la emoción de abrir tu envoltura y extraer desde esa mortaja la médula palpitante de un saludo; pero el contraste está dejando de respirar, la diferencia se está debilitando y con ello surge la apatía hacia la sencillez de tu vida, hacia tu calma, la necesidad de esperar que los días pasen para que se añejen las noticias, las informaciones, para que la experiencia pueda ser contada. Carta, vino de palabras.
Qué lenguaje podría usar para alejarte, para decirte que nunca abras la carta que no te anuncia. La carta vacía de sí misma, sin tus páginas, sin nada doblado adentro excepto tu cansancio por leerte, tu desgano por viajar, ya opacada por tanta mirada sin asombro, sin sobresalto, sin lectura de nostalgia.

En esta carta que te envío me estoy desenvolviendo, me sé yo mismo carta escrita por el misterio, palabras que surgen en el momento mismo de ser leídas, no antes ni después. Acaso mi vida se ha venido desleyendo a sí misma, borrándose como un error ortográfico, tratando de torcer su sentido o recuperarlo sin saber muy bien para qué ni cómo se puede emprender ese esfuerzo. Mira pues este cementerio de papeles caídos, sobres ajados, recuerdos repasados, remarcados con la tinta del silencio. Carta, alfombra del alma, es indudable que hay seres que se apresan en sus cartas pasadas, en sus palabras anteriores, promesas escritas y sumergidas en baúles desvencijados, cuyas puertas son casi imposibles de abrir, cuyo fondo permanece intacto como un obsequio de difunto, el regalo de una partida, de un adiós.

Toda carta es doble, siempre contiene una expresa y una latente, una que se teje en palabras visibles y otra que yace en el entredicho, en el supuesto. Somos así, lo que se oculta y lo que se muestra, pero en ti hay la posibilidad de alcanzar un grado más íntimo, de atrapar un olor, de contener en las manos de la grafía el contorno de la boca que nos dirige su acaso, su instante, su seducción. En muchos momentos que te elevaron a la luz, sangrante y dichosa como un Mesías, se colocaban sobre una mesa desnuda las confesiones, se ponía en juego el temblor expectante de los secretos. Muchas veces el sólo hecho de extender un momento de soledad sobre un papel y sobre ese papel ver el rostro reflejado del que espera, el escribiente se manifestaba con más pasión, con su verdad, con el deletreo de sus lugares comunes. Carta, quizás el amor sufre tu misma suerte y marcha entre nosotros convirtiéndose cada día en un papel más blanco, sin manchas, sin el sudor de las manos, sin destinatario ni sellos de exclusividad.

En este atajo de la noche me despido. En esta impaciencia de ver cómo se reduce tu lugar en nuestras gavetas.

15/03/2011

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