JUAN JOSE MORA

Luis Castrillo Jiménez: habitante, heredero y restaurador de la Quinta La Isabela
El Palacio de los Iturriza

Don Juan Miguel Iturriza lo hizo construir para destinarlo a ser su casa de retiro y sosiego para sus fines de semana y festejar, en ocasiones, en compañía de su esposa, doña Elodia y sus hijos, a orillas de un Cabriales de limpias aguas caudalosas

VALENCIA, (Prensa Gobernación).- La Quinta La Isabela, conocida como el Palacio de los Iturriza, es una obra arquitectónica exquisitamente majestuosa, nacida en Camoruco Viejo, que compartió con la placita Girardot, (actualmente placita Miranda) sus primeros años de juventud. Luis Castrillo Jiménez, cuenta su historia como habitante heredero y restaurador de este imponente recinto, que representa una copia en escala reducida de un palacio galés, único en su estilo en América.

Castrillo, quien además es arquitecto, explica que La Isabela, ciertamente, no responde a una escuela de arquitectura, sino a varias a la vez. En ella predomina la verticalidad, la decoración externa ecléctica pero, al lado de esos rasgos, mezcla asentadas líneas neoclásicas, decoraciones barrocas y rasgaduras que recuerdan, incluso, los castillos románticos medievales. Su terminación interior es, más bien, modesta, de pocas pretensiones.

Casa navegada

Su construcción fue lenta, paso a paso, detalle a detalle. La gran mayoría de los materiales de ornamentación fueron llegando en barco a nuestro puerto, procedentes de Europa, para ser colocados cuidadosamente en lugares apropiados y darle un toque de realce a su estilo. Su construcción fue confiada a un gran arquitecto de mucho renombre para la época, me refiero al arquitecto Francisco Fernández Paz, primo hermano de Zoila Paz de Castrillo (mi abuela), quien supo disponer cada pieza que él mismo había elegido en Francia para este bello palacete.

Don Juan Miguel Iturriza lo hizo construir para destinarlo a ser su casa de retiro y sosiego para sus fines de semana y festejar, en ocasiones, en compañía de su esposa, doña Elodia y sus hijos, a orillas de un Cabriales de limpias aguas caudalosas. En aquel entonces, esta zona era apartada del centro de la ciudad, donde se concentraba la población y se le podía llegar por una angosta carretera de tierra. Don Juan Miguel vivía con su familia en una bella casa en la calle Libertad, detrás de lo que fue el Teatro Imperio. El auténtico nombre de la quinta es “La Isabela“, el cual puede ser leído en la cumbrera central, nombre éste dado por Don Juan Miguel en honor a su madre, doña Isabela. Su hija se llamaba igual.

El muro y la muerte

Su construcción finalizó en agosto de 1887, fecha en la cual fueron colocadas cada una de las firmas y los nombres de las personas que contribuyeron a consolidar esta maravillosa obra, en una de las paredes de la pequeña torre, como se constató en la restauración del año 1935, que realizó Manuel Vicente Castrillo Paz (mi padre).

Más tarde, al morir don Juan Miguel Iturriza, el palacete fue deteriorándose por el abandono y la falta de mantenimiento. Su familia ya no lo visitaba. Y ya en el año de 1935, doña Elodia decidió ponerlo en venta, pero debido al estado en que se encontraba, su venta se hacía difícil, sus techos, pisos y paredes estaban en total deterioro. Fue entonces cuando Don Manuel Vicente Castrillo Paz, amigo de la familia Iturriza, lo compró, comenzando a trabajar muy minuciosamente en su recuperación, con un grupo de obreros destinados a tal fin. No fue fácil, tomando en cuenta su arquitectura, sus pisos y escaleras de madera se hicieron de nuevo, así como sus techos. Estos fueron removidos totalmente y copiadas sus tejas de zinc en moldes, haciéndolas y troquelándolas una a una. Reparó sus puertas y ventanas, sin perder la armonía de sus obras talladas, ni el color de sus vitrales, sus paredes, frisos, pisos, así como los pilares de madera y la herrería, se reconstruyeron copiando sus diseños iniciales o sustituyéndolos por otros nuevos, los murales del famoso pintor Arturo Michelena no pudieron ser recuperados, pues el daño había sido total y recubiertos además con pintura de aceite. Igualmente, se moldeó cada detalle de ornamentación, cada pieza de yeso, cemento, madera y cerámica fueron cuidadosamente reconstruidas o sustituidas por algo nuevo.

Igual dedicación le puso a la casa anexa, en cuyo recinto se encontraban las dependencias de servicio, las caballerizas, el guarda coches, incluyendo el baño y la cocina, estos últimos mi padre los hizo de nuevo dentro del palacete, para mayor comodidad de la familia, sus jardines también fueron arreglados.

Testimonio familiar

Todos aquellos trabajos tomaron gran parte de su tiempo, dedicándoselos a su restauración, con esmero y cariño, sin descuidar ningún detalle. Para él, aquella casa significaba mucho, despertaba su interés la arquitectura majestuosa de la obra y le traía a la memoria su estancia en sus años mozos por Europa en donde realizó sus estudios, tranzándose como meta, hacerla nuevamente tal y como fue y acondicionarla para vivir en ella. Trajo de Francia todo el papel tapiz, lámparas, vidrios, cerraduras y picaportes.

Luego de concluidos los trabajos de restauración, comenzó a ser utilizada por mis padres y mi familia para fines de semana, hasta mediados de los años cincuenta, cuando decidieron habitarla permanentemente. Aproximadamente para el año 1953, se dona parte de los terrenos para que pasara por allí la calle Kerdell y, por uno de sus costados, la avenida de penetración a la autopista, donde discretamente permanecimos hasta diciembre de 1965, año en que muere mi padre; y mi madre, afectada por su muerte y recordándolo en cada rincón, decide cambiar de residencia.

Caída y gloria

Su extenso terreno fue alquilado, más no se alquiló la casa, hasta que por consenso familiar fue vendido en el año 1976 a un consorcio bancario italiano, quienes habían hecho un proyecto para un desarrollo de oficinas, proyecto éste negado por el Concejo Municipal para evitar que desapareciera la obra. Este consorcio lo vende a un grupo inversionista italiano y ellos, a su vez, lo venden a otro de Caracas. Es ahí donde comienza su deterioro.

El 2 de febrero de 1981, la quinta La Isabela fue decretada monumento histórico nacional por la Junta Protectora del Patrimonio Histórico y Artístico de la Nación, lo que impidió su demolición.

Con el latente deterioro que sufría esta joya arquitectónica, el 25 de marzo de 1991, bajo la administración del entonces Gobernador Henrique Salas Römer, es declarada bien de utilidad pública y social, anunciando que sería convertido en Museo de la Ciudad, junto con otros inmuebles que más adelante integrarían el Circuito Museístico del Estado.

Después de varios anuncios e intentos de comenzar los trabajos de recuperación del palacete, en el año 1992 se adelantan pequeños trabajos como apuntalamiento, limpieza y cubierta de los muros y cerramiento perimetral provisional.

Restauración en 1995


El Ejecutivo Regional contrata los servicios del arquitecto Luis Maldonado para el levantamiento de planos y proyecto. La obra de restauración de la quinta La Isabela, es adjudicada a la empresa Inversora Santa Cruz, C.A., propiedad del restaurador Luis Castrillo J. y Oswaldo Carvallo B.

En el primer trimestre de ejecución de las obras de restauración de dicho proyecto, se detecta en el desarrollo del mismo, que no contemplaba propuestas concretas en los elementos artísticos, tales como los detalles de reconstrucción y fabricación de los elementos decorativos y en propuestas de vitrales y del color, es en este momento cuando toma el control del proyecto y de la inspección, la Secretaría de Obras Públicas del Estado, siempre bajo la supervisión del propio Gobernador quien siguió muy de cerca todos sus avances.

Para enero de 1996, La Isabela había recobrado parte de su aspecto original y había dejado de parecerse bastante a una casa de brujas, que era el aspecto que tenía desde que la estructura empezó a desmejorar.

Máximo apego al original

Para esta restauración, fue necesario hacer excavaciones de más de tres metros por debajo de las bases de la estructura para sanearla, se cambió la totalidad de la cubierta y estructura de los techos, debido a su alto grado de deterioro, usando las mismas técnicas

originales y, con las mismas prensas que había utilizado mi padre sesenta años atrás, sus pisos de mosaico fueron cambiados en un 95% por réplicas, casi todas las puertas, ventanas y escaleras se repusieron, utilizando los mismos diseños originales, todas las piezas de fundiciones faltantes de los techos se mandaron a fundir según los diseños originales, se fabricaron todos los vitrales respetando los colores y técnicas originales, se reconstruyeron y se fabricaron todas las piezas de ornamentación.

En esta restauración, como en la del año 1935, se conservaron todos los detalles originales con sus técnicas, basándonos en estudios de investigación y en los soportes fotográficos conservados en la familia. También fue necesario colocar las instalaciones para los servicios de agua y electricidad.

De no ser por el empeño del doctor Henrique Salas Römer en recuperar esta edificación para el disfrute de los carabobeños, sin duda alguna, estaría en el suelo. El equipo que trabajó en la restauración y recuperación de este monumento, estuvo conformado por personal calificado, siendo celosamente vigilados por el Instituto de Patrimonio Cultural de la Nación, comisionando para tal fin a Maya Felice, arquitecto especialista en Restauración de Monumentos.

El trabajo artístico de mi hermano Gustavo Castrillo es meritorio de reconocimiento, al igual que el de Rodolfo Castrillo, con todo el seguimiento fotográfico que realizó durante la obra y todo el apoyo y asesoramiento dado por la arquitecta restauradora, Ligia Páez.

Los arquitectos

Cabe recordar y destacar la labor de todos los profesionales de la Secretaría de Obras Públicas del Estado, que estuvieron a cargo de la inspección de la obra a lo largo del tiempo que duró la restauración, como fueron: Ing. José Barrios, Ing. Julio Romero, Arq. Carmen María Colina, Arq. Elizabeth Canales, Ing. Ivonne Radivogevich, y el Arq. Frank Risquez.

El 1 de octubre de 1998 recibe en nombre del Ejecutivo Regional, las llaves de la quinta La Isabela, de manos de sus restauradores y representantes de la Empresa “Inversora Santa Cruz”,. Gabriela Carrillo, Secretaria de Cultura del Gobierno de Carabobo.
Para muchas personas, esta historia es desconocida o ha sido tergiversada, y es justo reconocerle también a mi padre, su cuota de participación en la recuperación de esta obra y la titularidad de la propiedad que durante años tuvo sobre ella.

La quinta “La Isabela” no tiene ningún valor histórico regional, perteneció a dos familias valencianas en épocas distintas. Para mí tiene un valor sentimental por todo lo narrado anteriormente, aparte del valor arquitectónico que es el mismo que representa para Valencia, por su belleza estructural del siglo antepasado.

23/08/2009

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