OPINION

Letras de Aire
Los Tres Caballos

La licorería es una tierra de nadie, un espacio donde eres y no eres. Se atraca en sus puertos cuando ya se han ensayado todos los naufragios y en todos ellos hemos terminado con la fe desgarrada de tanto avistar el horizonte en busca de barcos que la distancia ha transformado en aves lejanas y oscuras.

Allí llega uno viendo para los lados a ver quien está, con quién se puede hablar, quien anda huyendo de las ollas y de los muebles del recibo, del televisor en la sala y de los mandados. A veces no encuentras ningún rostro conocido, pero poco importa. Entre cerveza y cerveza puedes empezar a hablar con cualquiera, con esos que están allí, los que están en la misma que tu: viendo para los lados y buscando un puente con la vida.

Y así conoces gente, gente que muchas veces ni siquiera sabe tu nombre. “El del carro viejo”, “el que siempre viene al mediodía”, “el pescadero”, el profe”, “el viejo que siempre anda con una bolsa”. Eres familiar, parte del paisaje de la calle, un personaje de siempre.

Pero de pronto un día ya no estás. Se acabó tu tiempo. Mueres.

Y en la licorería todo sigue igual. Echan el cuento de cómo te fuiste y miran para los lados, buscando con quien seguir hablando. Después de todo fue otro y no yo el que se murió. Yo sigo aquí. Que se va a hacer. Dame otro tercio pero que esté bien frío.

Allí fue donde te encontré Guillermo, deambulando y buscando sin saber, lo que Hemingway llamó en uno de sus cuentos: “un lugar limpio y bien iluminado” donde beber. Pocas veces encuentras un sitio así. La licorería es lo que hay. Eras parte de ese paisaje callejero, uno de los que siempre estabas. La última vez, te vi desorientado, perdido. No quisiste ayuda, en cambio me pediste una cerveza. Que triste negártela, pero estabas mal Guillermo. No me dejaste avisarle a nadie. Y fui a buscar gente que supiera donde vivías, pero nada.

Nadie sabía de dónde eras. Estabas allí siempre y sin embargo eras como yo y como todos, una silueta. Nadie sabe de la otra vida del otro. Lo que se sabía de ti llegaba hasta la reja donde despachan las cervezas. De allí en adelante todo es una niebla. El periodista. De repente te empezaron a llamar así: “El periodista”, para identificar al que ya no estaba más.

Me importa un bledo que digan que tenías mal carácter y que discutías de política. Conmigo no lo hiciste. Cuando te conocí yo estaba con mi perrita Sabor y tu, a diferencia de los demás, no me dijiste: “¿Y esa bicha?”. Sabor era mestizo, pero tú dijiste que esa perra tenía estilo y porte, que era elegante. Gracias por esa Guillermo., gracias por no pararle a la raza.

Menos mal tu si conociste mi casa. Un día fuimos con George a oír música y a tomarnos unos tercios. Estabas tan contento que pensaste que un día podías traer tu armónica para inventar algo con música. Esa vez viste una foto de mi madre, que en paz descanse, y quitaste la foto de la pared para preguntarme: “¿Y quien es esta mujer tan bella?”. Gracias por esa también Guillermo, por esas palabras para ella.

Pero el regalo que mejor guardo fue el de los tres caballos. Me dijiste que en la vida de un hombre hay tres caballos. Para tener el primero basta con un alambre y la tierra. Entonces eres joven y el caballo es tu fuerza. Luego viene el segundo caballo, para ese, es preciso una mujer que te acompañe. Con ese maduras y te asientas. El tercer caballo llega con los últimos años de la vida. Es el caballo para contemplar lo vivido. “Tu estas en el segundo caballo”, afirmaste mientras apurabas una fría, y añadiste: “Yo estoy en el tercero”. Lo que no sabías, amigo, era que el tercer caballo era arisco, y que cuando lo piensas domado, te lleva, hasta las alambradas más metidas en los confines del campo. Entonces tu caballo se vuelve de fuego, Guillermo y se consume contigo en un relincho que deja a la licorería muy atrás, metida en una sombra de la que todos bebemos.
jespino1@hotmail.com

José Miguel Espinoza

04/09/2010

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