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Si te he visto no me acuerdo

En el salón de reunión de la Universidad Panamericana del Puerto, el que esta al fondo del pasillo principal en el piso superior del edificio, fue escenario de esta singular conversación.

Era una reunión corta para tratar asuntos de interés cultural, en la misma estaban presentes el ingeniero Luís Ibarra, la profesora Gaudi Millán, el teatrero director de películas y productor de obras literarias Javier Mendoza y yo. La Profesora Millán esbozó con mucho gusto las experiencias de su resiente viaje a México.

Muy emocionada nos habló del Proceso Comunal que vio en algunas comunidades Maya, en la meseta de Yucatán, cercano a las antiguas ruinas de chichenitza, todo ello queda por allá, por el estado mexicano de Quintana Roo al sur del hermano país azteca. Pues bien: no sé por qué durante el desarrollo de la conversación salió a relucir el tema de la familia. El ingeniero Ibarra lo tomó por el lado de los valores y antivalores, etc…

Por su parte la profesora Gaudi expresó su desacuerdo con la idea del divorcio, y todos los presentes respetamos su opinión. Coincidimos en que era válida, mientras tanto yo, me mantuve en silencio. No así ocurrió con el cineasta Mendoza. Él respaldó la tesis de la Millán dando como ejemplo que había parejas que empezaban la relación de un noviazgo conociéndose el día viernes de cualquier fin de semana. Se comprometían el sábado y se casaban ese mismo domingo. Como ya les dije, yo seguí callaito. Mendoza sostenía que a falta de mayor conocimiento entre las partes el contrato terminaba en un rotundo fracaso.

Lo que quiso decir el ponente fue que entre la boda y la luna de miel ocurre lo siguiente: el tipo se coje a la tipa, ella se lo raspa a él, cuando regresan a la casa tienen que enfrentar tremendo desorden de ideas para finalmente recurrir al divorcio como solución al conflicto y si te he visto, no me acuerdo. Es decir, la familia no se consolida y por tanto no puede asumir el rol que cumple una sociedad de efectos recíprocos y solidarios.

En realidad, ninguno de ellos pudo darse cuenta que aquello carecía de importancia. Pues simplemente la parejita habría invertido capitales y tiempo en un sabroso tiroteo fuera del laboratorio familiar.

Soy de los que cree que la disgregación de las familias es el producto de la proliferación excesiva de grupo y asociaciones corporativas las cuales se baten a sangre y fuego por ganar cualquier beneficio social, sacrificando toda consideración presente en el prójimo: A mayor reconocimiento de las ONG’s, representativas, religiosas, partidos políticos,
sindicales, etc, mayor será el divorcio entre parientes y la pugna por la distribución y provecho de tales beneficios, promoviendo de forma automática el fanatismo, la anarquía y la muerte lenta de la institución familiar.

08/03/2010

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