escribo palabras para volver a mi vecino que mira la lluvia a la lluvia a mi corazón desterrado La lluvia estimula de muchas formas. Trae recuerdos de viejas escenas familiares que renuevan la nostalgia. Algunos se regocijan viéndola caer detrás de la ventana; disfrutan el sonido del agua cuando golpea el techo: es la imagen típica de quien contempla y se vuelve más perceptivo. Más abierto a las emociones. Más permeable. Al respecto, el poeta argentino Juan Gelman ha escrito lo siguiente sobre su fuerza irresistible y sugerente: "tu lluvia/ deja caer pedazos de tiempo/ pedazos de infinito/ pedazos de nosotros/ ¿Por eso estamos/ sin casa ni memoria?/ ¿juntos en el pensar?/ ¿como cuerpos al sol?". La lluvia, para el poeta Arnaldo Jiménez, no es sólo una caída de agua: es uno de los hilos que fortalece la costura íntima de su libro Tramos de lluvia (2007).
Arnaldo viene del puerto y hacia el puerto va. Nació en La Guaira (1963) y vive actualmente en Puerto Cabello. Está signado por esa particularidad y su escritura no contradice esta apreciación: "mi padre quedó oscuro/ muy oscuro/ en la humareda/ de otro puerto" (p.20). Los temas que allí se convocan son una continuidad de los asuntos tratados por Arnaldo en poemarios anteriores. Se suceden de manera fluida. Todo esto ocurre, si nos dejamos llevar por la bitácora de Arnaldo, porque "el amor también posee/ una terca/ costumbre de barco".
La casa, por otra parte, adquiere en este libro una dimensión fundamental. Permanece en la memoria; no cede, no disminuye, no abandona. Quien la invoca en el poema demuestra arraigo: "... da la impresión / de que siempre está comenzando a llover/ y la familia se queda adentro/ espantando la repentina/ oscuridad de la casa." (p.10). Los objetos, los fenómenos, en fin, las presencias y acciones que se desenvuelven en el texto, permanecen líquidos, para que la realidad fluya con el ritmo del agua: "se bebió el hogar/ como una hostia" (p.28), "entran a beber noches / donde los santos/ no sienten pisadas" (p.30).
La muerte persiste de manera singular en Tramos de lluvia. Su peso inexorable no se traduce en ausencia, sino en transfiguración, en apego póstumo:
nuestras cosas
aún después
de la muerte
siguen empolvándose
como un amor
antes
no hay camino
ni descanso
en el agua de beber
La noche no es lo único que se trasmuta: la claridad – la luz, la llama vital- también forma parte de ese juego cambiante. Los objetos domésticos toman una nueva perspectiva, modificando de ese modo su permanencia común: la claridad alcanza/el aspecto de ese baúl/encerrado/en su quietud
Sin embargo, el desenlace del poema expresa un eco desolador: el yo sigue contaminándose de manera irreversible:las ropas se cansan/de nuestra/intemperie/dejamos de crecer/y nos seguimos/llenando de sucio. (p.29)
A pesar de la fluidez, en este libro no hay seres livianos. Todo cuanto ocurre lleva un peso; los kilos de una voz más sólida: "la espalda asimiló/ la curva declinada/ de los días/ una colina verde/ por donde/ se van rodando/ los juegos/ de mi niñez" (p.48).
El recurso descriptivo es otro atributo rescatable de este libro. Así vemos, por ejemplo, cómo el poeta retrata y fija una imagen y la convierte en un hecho poético lleno de sencillez y despojamiento:
ella estaba sentada
hacia un extremo del cuarto
la claridad durmiente
de la tarde
colada por los orificios
de los bloques
iluminaba su boca (p. 19)
La lluvia es un puente donde circula el sujeto poético: “aún pasa de un tramo/ a otro de la vida/ con toda la sed/ que produce/ la cercanía del pasado” (p. 38). Arnaldo Jiménez ha tomado la imagen de la lluvia y la ha vinculado a un abanico de experiencias: los actos domésticos más cotidianos (freír tajadas, cocer arroz, aderezar ensaladas, etc.), las vicisitudes familiares (un ser querido hospitalizado), o la relación con el mar y su infancia en el puerto (la imagen del padre en su labor pesquera). Tramos de lluvia invita a repensar en la simplicidad del día a día, en los episodios familiares, en un pasado que no se extravía.
Néstor Mendoza
15/02/2011