OPINION

Letras de Aire
Un día cualquiera

Era una de esas mañanas en las cuales salimos de la casa arrastrados por una dureza. Unos de esos días comunes. Un día hecho para encontrarnos con lo de siempre: las colas, los deprimentes vallenatos matutinos, el humo.

Y de fondo, un rumor que ensordece por dentro. Ese sonido indefinible pero pesado que parece empujarnos hacia las aceras donde no queremos caminar. Y uno siente que no hay otra posibilidad que no sea llegar a la esquina donde se paran las camioneticas y entrar en ellas ausentes, idos en una lejanía que no sabe a nada.

Pero hay que trabajar. Hay que ver las montañas desde lejos y no pensar tanto en la neblina que las cubre y que nutre los helechos allá arriba. La cosa es aquí abajo donde hay que andar pilas con la gente mala y moverse rápido, sin distracciones para llegar a tiempo y a salvo al lugar donde se cocina el sueldo quincenal. Porque el día está así, sordo, sin bordes ni brillo.

Pero en medio de ese hundimiento, esa caída en la llanura de lo sin alma, hay un evento que me salva: el cielo está muy nublado y está comenzando a lloviznar. Tengo una hora libre, la del mediodía. Ando con mi hija y ninguno de los dos está pensando en comer. Queremos caminar por una plaza solitaria con árboles y un pequeño parque. Ella se guinda de los aros que cuelgan al lado de los columpios y se mece contenta. Ya la llovizna se está transformando en una lluvia serena y mientras mi hija va y viene con los pies suspendidos sobre la tierra mojada, recuerdo el poema de Fabio Morábito sobre los columpios: “donde los niños queman / sus reservas de imposible / sus últimas metamorfosis / hasta que un día, sin una gota de humedad, se bajan / del columpio / hacia sí mismos”. Agradezco en silencio que ella todavía esté sincronizada con la armadura de los parques, que la cercanía de sus doce años no haga mella en el mecerse.

De pronto salta y me enseña riendo sus zapatos llenos de barro. Me doy cuenta que nuestras ropas comienzan a empaparse y que tenemos que buscar algún refugio. De pronto recuerdo que tengo que volver a clases y que me espera una gente especialista en detallar como luzco. Pero mi hija ya va corriendo, sonriendo y diciéndome que todo se ve tan bonito. Voy tras ella buscando algún árbol que pueda cobijarnos aunque sea un poquito. Es verdad, todo está muy bonito en su gris de lluvia. Quiero mojarme con tranquilidad. “Lo que me preocupa es que después no te vas a poder cambiar y te va dar frío, si no, no me importaría que nos mojemos tanto” le digo con un tono débil, sin convicción. Ella me mira iluminada por la alegría y pregunta “¿Por eso te preocupas?”. Emite un sonido mitad risa y mitad interjección, y corre de nuevo por una caminería que se adentra más en el parque. A estas alturas ya no quedan rastros del desierto que me trajo hasta aquí. Me suelto a caminar, libre por los caminos que abren las gotas. Me entrego a la alegría que transmite mi camisa mojada. Los dos reímos como si estuviéramos mareados, prendidos, por abrirle la boca a la ternura que nos está cayendo del cielo. Mi hija sueña con su futuro. “Yo nunca voy a dejar de bañarme en la lluvia papá. Ni voy a dejar de jugar. No me importa que crezca. No entiendo por qué la gente deja de jugar y de correr.” Está radiante con su carita llena de agua. Entonces hablamos del desgaste que deja cierta actitud ante la vida, de los años que nos caen encima cuando perdemos la alegría de perseguir una pelota. En eso llegamos a una calle que tiene unas casas cuyo parte trasera da con una loma tupida de árboles y de monte. Quedamos en volver otro día y meternos en esa selva. Todo lo que decimos es un quisiera, un ojalá volvamos, un todo esto es tan bonito.

Tengo que regresar al trabajo, pero ya no soy el mismo. No me importa llegar mojado y hablar inglés goteando. Vengo con el laurel de la lluvia en mi frente. Mi hija camina a mi lado y los dos sabemos que el día se cambió de traje y que lo vimos quitándose el raspado que tenía en el fondo.
jespino1@hotmail.com

19/06/2010

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