CULTURA

Cuento
Una mujer de servicio


Inmerso en la casa, como una sombra ávida de piel, el señor Pablo espera a que llegue doña Elena, la mujer que desde hace veinticinco años va a limpiarle la casa, le prepara el desayuno, el almuerzo, lava y remienda su ropa

Se la ordena impecablemente en el escaparate: en la parte derecha, las camisas y los pantalones blancos cuelgan sus levedades como fantasmas recién nacidos, el resto de la ropa luce la sucesión de sus tonalidades derivando hacia la izquierda. En las dos primeras gavetas de la peinadora ella ha ordenado sus medias, la ropa interior, las franelas y sus pijamas en hileras perfectamente cuidadas, pilares de telas cuyos bordes dan la sensación de una continuidad higiénica estrictamente aprendida en la fidelidad a los años de la rutina. Sobre la peinadora, la superficie pulida sostiene el desodorante y la colonia del señor Pablo, un florero de murano cuyas flores cambia semanalmente al igual que el paño bordado que coloca debajo del florero, en una esquina una foto hace brotar la sonrisa de la ex esposa del señor Pablo.

Todo lo ordena siempre de la misma manera. Doña Elena es un radar para detectar las cosas que no van en sus lugares. Sus manos tienen la justicia femenina agazapada para estirar su dictamen en cualquier momento. El paso de los meses lejos de opacar el sigilo de su mirada y reducir la agudeza de su escucha, le han ido fortaleciendo las reacciones, sus ojos han aprendido a brillar en las sombras de la tarde con la inquietud equilibrada de los gatos. El se acostumbró a ver sus pasos arrastrados con chancletas de persona muy pobre. Doña Elena traza el mapa de su recorrido fiel a un instinto de orientación que el pasado ha ido convirtiendo en costumbre. Cada vez que entra dura sólo dos minutos sentada en una silla de la sala, saluda al señor Pablo, se retira al cuarto de servicio, se cambia de ropa, se recoge el cabello, a veces lo envuelve en una pañoleta blanca, se dirige a la cocina y monta un té de aromas exóticos, prepara el desayuno y comienza a limpiar. Cada semana le dedica la mayor cantidad de su energía a una parte de la casa, si fuese la cocina, por ejemplo, desmantela todas las alacenas, descolora la estridencia de la mala suerte acurrucada en la sombra de los rincones, lava pieza por pieza las lozas cansadas de esperar uso en los anaqueles. Desmonta el horno, derrite las grasas acumuladas; en fin, sin olvidar sus otras responsabilidades, Doña Elena profundiza la limpieza para que no se le acumule un trabajo más agobiante. Ella sólo cobra lo justo, nunca acepta un pago extra, ningún regalo, ningún agrado, ninguna bondad por parte del señor Pablo.

Ella no ha trabajado en ninguna otra casa. Puntual en la asistencia, llega con su ropa limpia, sin ningún lujo, el pelo amarrado en formaba de cebolla en la parte alta de la cabeza. Algún collar barato se desliza por su cuello. Elena tiene una sonrisa franca, una voz altiva y triste al mismo tiempo. El señor Pablo la mira deambular por su casa, observa desde su sillón cómo la señora barre la casa con tanta devoción, cómo se esmera por mantener las paredes libres de telaraña. Los trebejos y los adornos parecieran nacer cada vez que ella los limpia. Posee un don extraño para la penitencia, el señor Pablo jamás le ha dicho lo que tiene que hacer. Ellos casi no se hablan. Ella se va al anochecer, un poco antes de las ocho de la noche. El mira su figura alunando por una calle ya despojada de los olores de su hogar y en la boca le quedan temblando las palabras que sólo piden un poco más de atención. Ella vive relativamente cerca del señor Pablo, también sola, realizando sus propios quehaceres desde que llega hasta bien entrada la noche. Descansa sólo las horas de la madrugada, ya a las siete y media de la mañana le está tocando la puerta al señor Pablo para ordenarle la casa y atenderlo. Ella le prepara el agua tibia del baño, le coloca las pantuflas en la puerta y le sirve una manzanilla o un tilo. Recoge la basura, bruñe las ollas y canta bajito la canción de compañía. Una melodía ligera que la sucesión de los años le hizo inventar, le hizo modificar varias veces hasta que se convirtió en una especie de cicatriz sin la cual el señor Pablo no pudiera distinguir a Elena, la mujer de servicio, regando su presencia por la geografía restringida de la casa.

Doña Elena sembró la mata de mango que luce inmortal en el centro del patio, fue ella la que dispuso el lugar de los helechos y los riega y le limpia sus hojas con un aceite especial. La doñita barre la tierra del patio con un esmero sostenido por más de dos décadas, recoge las hojas de las matas que se han caído y las saca en bolsas negras hacia el jardín para cuando pase el servicio del aseo. Es ella la que ha traído los tres últimos perros que le han hecho compañía al señor Pablo sobre todo por las noches, cuando él se queda solo, con su sombra y sus malestares.

Al llegar a la casa del señor Pablo, lo saluda con la misma cortesía, ¿cómo amaneció señor Pablo, se siente bien hoy? Una pregunta que su boca dibuja en el aire de la sala y que el señor Pablo ya sabe de memoria. En algunas ocasiones le contesta dejando arrastrar las palabras en el fastidio: bien, Elena, muy bien, ¿y usted? Ella con su caminar sin gracia, desbarata su fragilidad por el corredor y le dice que no tiene caso hablar de ella. Entonces desempolva los cuadros, le quita la pesadumbre a las alacenas, chasquea sus quejas en el lavandero, pasa de las palabras al silencio como quien entra en puertas secretas. El señor Pablo quiere confesarle cosas, sentarla y hablarle de otros aspectos de la vida; pero Doña Elena se rehace en las desviaciones del tema, ella es esquiva en la labia de sus gestos cerrados como cuartos donde han muerto viejos afectos. En los crujidos de las mesas Elena extiende su letargo y se persigna pidiéndoles a los santos que la realidad no se altere para que ella pueda seguir reparando sus carencias todos los días. Al atardecer, ella palpa lo cumplido, alcanza a retener los presentimientos, limpia el polvillo de los lentes y sale de la casa arrastrando sus pasos de señora mayor, casi metida en un lamento.

El señor Pablo sólo quiere que la compañía hable más de ella misma, que se sienten dentro de cualquier jueves o sobre las sillas de algún martes a ver viejos álbumes de familia, algo que pueda conmoverla, el señor Pablo sólo quiere una tarde sin que suenen los pequeños chasquidos de los objetos en los dedos de Elena. Sin que se pongan alertas las taritas que viven en sus ojos. Pero ella no quiere ponerle nubarrones a la conversación, no quiere modificar la duración de sus diálogos. Adora el orden que ella ha venido gestando, ha venido labrando con la paciencia de un jugador de ajedrez, el orden de las ocasiones en que pueden o no pueden hablar, la longitud de las frases, los segundos de las sonrisas.

El escucha canciones que Elena escoge con suma prudencia, le conoce todos los gustos, pero nunca se sienta a escuchar algo que a ella le guste. Es la mujer de servicio, no tiene derecho a ello, piensa con seguridad sobre sus límites. Sin embargo ha aprendido a escuchar música clásica y tangos mientras humedece ventanas o desbarata ruedos.

El señor Pablo no recuerda si alguna vez la señora Elena ha enfermado. Pero ella sí se acuerda de las dolencias de él, sabe que tiene el colón irritable y que no puede tomar café con leche, sabe que las cervezas le caen mal y que sus huesos suenan con el frío de las mañanas; por eso, después del desayuno el señor Pablo tiene un platico servido con las pastillas que le tocan a esa hora, igual ocurre al mediodía y con la cena. Cuando casi llegan las seis de la tarde, ella apaga la radio, le ordena la mesa, le coloca el ventilador de manera que le pegue sin causarle estornudos, le controla la hora de apagado del televisor y le echa crema fría en la espalda. Llega hasta el baño, se baña con un apuro fingido, se arregla el cabello y se cambia de ropa. Luego sale con su lenta manera de andar y él señor Pablo se asoma por la ventana viendo cómo se pierde poco a poco por la vereda y en su lugar un gran vacío cae aplastando la limpieza de los objetos. El sabe que es imposible quitarle las manchas de soledad que tienen las cosas de su casa, es imposible quitar tanto sucio de espera, tanto barro de desolación, ni siquiera con diez mil Elena podría su casa estar limpia.

El señor Pablo es un hombre rollizo, piel áspera, cara ancha y ruda, gusta invertir su dinero abriendo tiendas para vender computadoras y teléfonos celulares. Tiene cómo vivir mejor, pero teme quedar sin dinero, teme que el destino le tienda una trampa y tenga que quedarse sin nada. No tiene herederos y doña Elena le advirtió, en una oración salida como un rayo desde el fondo de sus nubarrones, que jamás se le ocurriera dejarle algo en su testamento. Hace mucho tiempo estuvo casado. Todavía no había aparecido la señora de servicio en su vida. Con su esposa pasó varios años haciendo el intento de tener un hijo. El la acusaba a ella de estéril, pero en realidad era él quien no podía engendrar, lo descubrieron al realizarse los exámenes de rigor que se estilan en estos casos. Su entonces exagerado machismo no le permitió concebirse como un animal inútil, no logró entenderlo y se divorció. Si no iba a tener hijo no valía la pena seguir casado. Pero lograron crear una inmensa ternura, un cariño amasado con la harina de la lealtad jurada. Eran sombra y cuerpo, ningún mal recuerdo apagaba los rincones. Sin embargo él se aferró a su dolor y no quiso anudar a su esposa a esa condena, ella podía tener un hijo con otro hombre. Pero su esposa, aún joven, no buscó otro esposo, no sostuvo ninguna otra relación. Lo entendió y se separó de él, pero nunca dejó de quererlo, respetó su libertad hasta el punto de irle a limpiar la casa y a atenderlo en sus labores de esposa, pero sin intimidar en el cuarto, sin quererlo físicamente. Aceptó convertirse en su mujer de servicio y allí sigue yendo todas las mañanas desde hace veinticinco años. Toca la puerta y lo saluda: ¿cómo amaneció señor Pablo, se siente bien hoy?

09/03/2010