CULTURA

Cuentos
Una quinta en el monte


Mi tío Enrique esperó a que termináramos el año escolar para venir a buscarnos. Se apareció un agosto, detrás de su auto venía siguiéndolo un camión con largas barandas de madera. Nos fuimos. Mi tío ya se había graduado, quería buscarle acomodo a mi abuela y, con ella, a nosotros.

Todos teníamos la impresión de que mejorábamos socialmente, pero algo en nuestras almas se resistía a ello, algo decía que una ilusión se nos estaba pegando a las pupilas, que lo cierto lo dejábamos en Barrio a juro, en… Mi abuela, cuando agarraba sus rabietas con mi tío le gritaba que él era quien se había graduado, ella seguía siendo la manduquera de Tucacas.

Una vez llegados a La Guaira habitamos una casa recién hecha. Fuimos los primeros seres que durmieron en sus cuartos. Tenía dos pisos comunicados por la parte exterior a través de una escalera de hierro. Ambos pisos estaban ofrecidos en alquiler, nosotros escogimos la planta baja y al momento de mudarnos todavía no había sido alquilada la planta de arriba. Alrededor de la casa sólo había monte, alto, monte verde y espeso. Sola, como abandonada, la próxima casa quedaba por lo menos a kilómetro y medio, hacia arriba llegábamos caminando a la casa de mi tía Rosa, hacia abajo…, quedaba el mar.

La urbanización se llama La Atlántida, situada en Catia La Mar, urbanización de gente más o menos acomodada. Caserones lujosos, calles y calles llenas de almendrones cuyas ramas se encontraban y enredaban en las alturas. De noche, las bombillas de los postes estiraban a duras penas sus luces por entre el enredijo de los árboles, los murciélagos zigzagueaban sus centellas negras en vuelos incansables dejando caer las semillas devoradas en el pavimento. El espacio terrestre era silencioso, tranquilo, no así el espacio aéreo. Soplaba un viento muy fuerte, ensuciaba las casas y los ventanales, siempre ululaban las matas fletando hacia las casas el ruido impertinente de los aviones. Los aviones se sentían en el piso y en las paredes como un temblor de tierra. Pronto nos acostumbramos y esos ruidos y esos temblores pasaron a ser una especie de presencia diaria sin la cual La Guaira pierde algo de su esencia. En el cielo de agua la lenta formación de estelas que desaparecen en la misma medida en que las van soltando los cuerpos de los barcos, recuerda permanentemente lo fugaz de nuestras vidas. Una vez más, nosotros regresábamos, y es bien sabido que el regreso es un susto que advierte la repetición de aquello que ocasionó la partida, las dudas podridas lanzadas al paso. El regreso busca las huellas de antes, pero lo impulsa la sensación de lo deformado, y así se nombra al mar: todo desplazamiento que desintegra el aparejo de los sueños más esperados.

Casi todas las mañanas iba al mar, a un sitio llamado Club Náutico. Allí recogía uvas de playa y perdía el tiempo lanzando piedras a las olas, conseguía piedras chatas y las lanzaba de refilón para que saltaran sobre el agua todas las veces que pudieran. Fue cuando nos mudamos un poco más arriba que yo hice amistad con dos hermanos llamados Juan y María Gabriela. Con el primero me adentré en los montes dominando los cujíes, cazando lagartijos, fabricando cuevas en las que poníamos bancos de madera hechos malamente por nosotros. Nos llevábamos un poco de comida y jugábamos a los exploradores pero de seguro que nosotros la pasábamos mejor. Con la segunda pasé largas horas hablando, enamorado sin podérselo decir.

La quinta en el monte nos hizo agarrarle miedo a la noche. Mi hermana y yo buscábamos a mi mamá en su cama, yo le tocaba un pie y mi hermana le colocaba una mano en la cabeza, y eso era suficiente para espantar el temor que le teníamos no sé a qué cosas de la oscuridad. ¿Acaso mi mamá espantaba los malos recuerdos de mi padre tocando el crecimiento de nuestras vidas?


Socorro

No creo que haya sido por el elevado precio del alquiler, si no la ubicación de la casa, prácticamente hundida en el monte, lo que hizo que mi tío nos sacara de allí para mudarnos un poco más arriba.

Mi mamá siempre ha guardado en el fondo de su cuerpo y en las grietas de su alma la esperanza de que mi padre vuelva, no puedo decir que a casa, pero sí a nosotros y a ella. El cuerpo de mi mamá combinado con la fragilidad infantil de su mirada se muestra débil en demasía, una apariencia que se rompería por completo si se pudiera trazar la arqueología de sus gravedades. Sus ojos tendrían que ser duros, amargos; su mirada debería ser desabrida, incrédula, desvastada como las tonalidades de sus edades arruinadas donde se pueden tocar los sedimentos de los remedios, los oxígenos alquilados, el forcejeo contra la fatalidad. Sus ilusiones y sus esperanzas, la creencia en el amor intemporal y la fe en el matrimonio, a pesar de su fracaso, son grandes samanes ideales, enormes pilares que resisten los embistes de las traiciones y las dentelladas de los desengaños. Cuando éstos han aparecido demostrándole que es con la muerte que la vida desenvuelve por completo todos sus empaques, es cuando ella ha padecido las emergencias más críticas y hemos tenido que recluirla en los hospitales para controlar la rebeldía del asma; es decir, del camuflaje de su decepción.

Milka Lucina creía firmemente en algunos finales de las películas de Pedro Infante y Libertad Lamarque. Y han sido, por una parte, el destino de estos actores, (el uno por la tragedia de su muerte accidental, la otra por la lucha titánica que mantuvo casi hasta el final de su vida contra la vejez y el olvido) y por otra parte, su propia existencia extendida en la consecución de finales infelices lo que la han llevado a pisar tierrita y quitarse de encima aquellas nubes densas de ideales imposibles.

La nueva casa se llamaba Alina, espaciosa, con un jardín dividido en dos partes, un garaje y un patio enormes. Mi mamá estaba habitando la casa de sus sueños, ninguna otra casa le dio tanta alegría como al quinta Alina. Mi abuela quiso criar pollos y gallinas y mi tío Enrique se lo prohibió. También nos prohibió, a mi hermana y a mí, andar descalzos o sucios por las calles, esta prohibición estaba injustificada, porque mi mamá jamás nos dejó andar ni sucio ni descalzos por las calles, a menos que estuviera lloviendo. Lo que no pudo evitar mi tío fue que sembráramos en el patio ni que mi abuela convirtiera uno de los cuartos en un gran altar para sus espíritus y sus santos. En esa casa fue que tuvimos a Minina, una gata, y a Lasy, una perra, ambas se conocieron y trabaron una amistad tierna y juguetona. Al lado derecho de la casa vivía la familia Curiel. Teníamos la impresión de que eran demasiado buenas personas para ser ricos, a los meses nos enteramos que no eran ricos ni mucho menos. La familia estaba constituida por varios hermanos que tenían trabajos sólidos y podían vivir, con el esfuerzo de todos, holgadamente. Algo parecido a lo que estábamos viviendo nosotros con mi tío Enrique. La señora Curiel y mi abuela tejieron una bonita amistad, semejante a la de Minina y Lasy. Se ponían a hablar por entre las rejas separadoras de los jardines y se ayudaban mutuamente, bien fuera prestándose paquetes de arroz, potes de mantequilla…, o bien ofreciéndose desayunos o almuerzos ya preparados, rara vez la ayudaba mi abuela, pues desde entonces estuvimos dependiendo de cuatrocientos bolívares mensuales que mi tío, cuando el barco llegaba a los muelles, enviaba con un marinero. A veces las despensas menguaban amargamente y era mi mamá, con sus rifas y sus planchas, quien ayudaba a la manutención diaria. Por su parte, la señora Curiel sufría de manera desproporcionada con una hija paralítica y con síndrome de Down llamada Socorro, y era a Filomena a quien ella solía regalar sus penas para vaciar por momentos los estantes de su alma.

Socorro nació así. Había que hacerle todo, desde limpiarla hasta darle la comida y vestirla. Sabía qué era un beso y qué significaba estar enamorado. La mamá le entendía todo lo que hablaba. Yo creía sentir sus emociones, siempre truncas y esparcidas en gestos amorfos e intempestivos, así como creí comprender la infinita ternura de su mirada. Ella decía que estaba enamorada de mí, yo decía lo mismo en mis pensamientos, y bebía el olor de su cercanía, el calor que manaba de su cuello y de sus manos. Me le acercaba para besarle la cara y ella esperaba mi beso como ninguna otra mujer lo ha hecho, frustrada y satisfecha, divina y humana, agitada y en paz. Le gustaba ponerse vestidos blancos, que le pintaran las uñas de los pies y de las manos y le colocaran una peluca de crespos castaños que ocultaba su pelo afro demasiado pegado al cráneo. Muchas fueron las horas que pasé con su mano sujeta a la mía, hablándole y dándole compañía, muchas fueron las veces que le di la comida y la ayudaba a sentarse en la silla de ruedas. Ella, a cambio, me miraba y sonreía.

La esperanza casi queja de la señora Curiel residía en que su hija muriera primero que ella, lamentablemente eso no fue posible, hace unos meses nos enteramos que de esa familia sólo quedan vivos dos hermanos: un hombre llamado Isauro y Socorro. ¡Dios quiera que Isauro sea el último en morir!

09/02/2010

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